Las miradas del morbo estaban puestas ayer en Joaquín Caparrós, que regresaba por primera vez a Riazor tras su espantada de A Coruña. La verdad es que las filias y las fobias estaban más en el campo que en la grada, porque en el recibimiento al utrerano sólo hubo indiferencia. Ni frío ni calor. Ni odio ni amor. Los seguidores blanquiazules, en una prueba de madurez, demostraron con su actitud que el pasado está olvidado y que importa el futuro, que por cierto pinta muy bien. Después de sufrir lo indecible ahora se mira a Intertoto, que está a sólo dos puntos. Curiosamente ése también será el objetivo de los leones, una vez que la UEFA se aleja en el horizonte. Así, el Depor peleará con Caparrós hasta el final de Liga. Que no falte el morbo.
Lo cierto es que el Athletic mostró ayer su cara mala, más cerca de la de las dos últimas temporadas que la que exhibe este año. Y es que los vascos llegaban a Riazor como el equipo menos goleado de Primera y se marcharon dejando una imagen de debilidad impropia de un grupo curtido. El cortocircuito visitante fue total, y ni el extraño invento de Caparrós de sentar a Aitor Ocio para sacar a Muñoz y situar como central a Javi Martínez, sirvió para poner en jaque el dominio local.
Y eso que el partido comenzó con igualdad, imperando el orden y el respeto al rival sobre el atrevimiento. Sergio y Yeste se presentaban como directores y buscaban la batuta del balón para mover sus orquestas. Iraola y Koikili cerraban las bandas a Lafita y Wilhelmsson, y las referencias para buscar el ataque tenía nombre propio en los dos bandos: Llorente y Xisco. Ambos son jóvenes, ambos eligen siempre la jugada correcta, ambos aguantan perfectamente esperando la llegada de los refuerzos, pero ambos se fueron sin marcar (Xisco podría haberlo hecho, pero Sergio no le cedió el penalti).



