El trámite de la liguilla es historia y sirvió para analizar la altura del Madrid en una situación de riesgo que no admitía vuelta de hoja ni partido de vuelta. Prueba superada. El equipo tiene cuerpo y cabeza, y no se atisban los nervios de los primerizos o los inseguros. El Bernabéu, además, cumplió con su papel de escenario perfecto para las noches perfectas y habrá que esperar ahora a que pasen los iguales y los parecidos. En los grupos conoces gente, pero los octavos de final son, por fin, la vieja y maravillosa Copa de Europa.
El Lazio, por cierto, duró un suspiro, pero fue un suspiro profundo. Saltó al campo conectado al partido, tocó bien y disfrutó de la primera ocasión de gol. Rocchi trazó una diagonal y donde no había nadie encontró al francés Meghni, el chico al que un día llamaron el nuevo Zidane. El remate fue malo y no sabría decir por dónde salió el balón, si por Castellana o por Rafael Salgado. Pese a todo, el muchacho dejó detalles de clase lenta y, como tiene entradas y perfil argelino, se entiende que alguien, alguna tarde, quisiera jugar a los parecidos y deslizara el nombre del genio. La ocurrencia sería divertida si el muchacho no la llevara clavada entre pecho y espalda.
El Madrid respondió contundentemente: Sneijder sacó un córner y Raúl cabeceó al primer palo, donde se estrelló el balón como un martillazo. El Lazio salió aturdido de la jugada, porque los postes no suelen ser campanas de boda. Desde ese momento, los italianos fueron perdiendo, poco a poco, concentración y confianza, como si todo lo que no debía pasar estuviera a punto de hacerlo.
