La constancia es una virtud raramente identificada con el talento y la genialidad. Error. Miren a Diego Forlán, un fuera de serie que no entiende de musas esquivas e inspiraciones súbitas. Él está siempre, inamovible, sin estridencias, una referencia permanente que tranquiliza a niños, abuelas y compañeros. A sus rivales algo menos, por supuesto. Ayer, ante el Granada 74, en un partido donde 90 minutos parecían 90 horas y el Atlético se dejaba llevar, el uruguayo decidió resolver junto antes del descanso.
Y lo hizo. En el 44, enganchó una volea que José Juan sacó de milagro. Milagro fútil, podríamos decir, porque dos minutos después Raúl García encontró a Forlán entrando por la esquina del área y éste remató raso y cruzado. Un disparo calculado con regla y cartabón para encontrar el diminuto hueco entre lo que tapaba el portero y el gol. Lo encontró. 0-1 y a la caseta. Aguirre le dio descanso en la segunda parte. Bien merecido lo tenía.


